La Reflexión Semanal

El Evangelio del Domingo

 

¡Qué difícil es el perdón!

 

Érase un rey que tenía tres hijos. Poseía además muchas riquezas. Sobre todo un brillante de valor extraordinario, admirado en el mundo entero. ¿Para quién sería aquel brillante al repartir la herencia? Su padre les sometió a una prueba. Sería para el que realizase la mayor hazaña el día señalado... Al llegar la noche, cada uno relató los acontecimientos de la jornada.

 

El mayor había dado muerte a un dragón que sembraba el pánico por todo el reino. El segundo venció a diez hombres bien armados con una pequeña daga. El tercero dijo: “Salí esta mañana y encontré a mi mayor enemigo durmiendo al borde de un acantilado... y le dejé seguir durmiendo”.

 

Entonces el rey se levantó de su trono, abrazó a su hijo menor y le entregó el brillante.

 

Manuel Sánchez Monge. “Parábolas como dardos”, p. 116

 

 

En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: "Si este fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora."

 

Jesús tomó la palabra y le dijo: "Simón, tengo algo que decirte."

 

Él respondió: "Dímelo, maestro."

 

Jesús le dijo: "Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?"

 

Simón contesto: "Supongo que aquel a quien le perdonó más."

 

Jesús le dijo: "Has juzgado rectamente."

 

Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: "¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama."

 

Y a ella le dijo: "Tus pecados están perdonados."

 

Los demás convidados empezaron a decir entre sí: "¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?"

 

Pero Jesús dijo a la mujer: "Tu fe te ha salvado, vete en paz."

 

Después de esto iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes.  (Lc. 7, 36-8, 3)

 

 

 

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