La Reflexión Semanal

El Evangelio del Domingo

 

 

DECÁLOGO DE UN NUEVO AÑO

 

1.- Recuerda que los acontecimientos adversos sólo destruyen a los que ya están desmoralizados. No permitas que te bajen la moral.

 

2.- Recuerda que hay motivos para tener la moral alta: aunque falta mucho por andar, ha aumentado la conciencia de que las injusticias, la corrupción, la discriminación y la intolerancia son inhumanas. Ayuda a mantener alto el listón y a subirlo.

 

3.- En las situaciones agobiantes busca siempre salidas imaginativas, amplía el campo de visión. La capacidad creativa humana es enorme con tal de que se le ponga en funcionamiento.

 

4.- No culpes de todo lo malo al sistema, a los políticos, al mal tiempo. Exige que cada uno cumpla su tarea, pero tú toma la iniciativa, porque eres ciudadano y no súbdito.

 

5.- No te vendas nunca por un plato de lentejas. Jamás te conviertas en vasallo, porque eres hijo de Dios, algo absolutamente valioso.

 

6.- Apoya a los que tienen proyectos generosos, no a los mezquinos. La mezquindad se contagia, la generosidad también.

 

7.- Nunca pienses que tu aportación es irrelevante.

 

8.- Adáptate a los cambios, pero teniendo como brújula para ello tus convicciones bien fundadas. Los dinosaurios no resisten los cambios, pero los camaleones carecen de norte. Entre unos y otros está el ser humano.

 

9.- Disponte a exigir tus derechos, pero también a asumir tus responsabilidades en la construcción de un mundo más humano.

 

10.- Jamás retrocedas en exigencias de justicia, ni te arrugues ante proyectos solidarios, ni te conformes con menos que la felicidad.

 

 

 

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

 

Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.

 

Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

 

(Lucas 2,16-21)

 

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