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La
Reflexión Semanal |
El
Evangelio del Domingo |
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Ese manantial que nadie ha podido
secar después de tantas noches y
días, siglos e historias, ese manantial eres Tú,
Señor. Cuanto más te
apuramos, más abundantemente brotas en lo
hondo. Cuanta más sed y calor
tenemos, con más frescura fluyes a nuestros
pies. Cuanto más nos acercamos a tu
camino, más cristalina se nos hace tu
presencia. Cuanto más nos hundimos en tus
aguas, más libres nos sentimos dentro y
fuera. Gracias, Señor, por
ser manantial inagotable de Agua
Viva que da sentido a nuestro
vivir y
anima nuestro caminar. |
En
aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del
campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob.
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era
alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús
le dice: "Dame de beber." Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar
comida. La samaritana le dice: "¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber
a mí, que soy samaritana?" Porque los judíos no se tratan con los
samaritanos. Jesús le contestó: "Si conocieras el don de Dios y quién es
el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva." La
mujer le dice: "Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde
sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio
este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?" Jesús le
contestó: "El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba
del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se
convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida
eterna." La mujer le dice: "Señor, dame esa agua: así no tendré más sed,
ni tendré que venir aquí a sacarla." Él
le dice: "Anda, llama a tu marido y vuelve." La mujer le contesta: "No
tengo marido." Jesús le dice: "Tienes razón, que no tienes marido: has
tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la
verdad." La
mujer le dice: "Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron
culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto
está en Jerusalén." Jesús le dice: "Créeme, mujer: se acerca la hora en
que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais
culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque
la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en
que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y
verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y
los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad." La mujer le
dice: "Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo
dirá todo." Jesús le dice: "Soy yo, el que habla
contigo." En
esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con
una mujer, aunque ninguno le dijo: "¿Qué le preguntas o de qué le hablas?"
La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
"Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que ha hecho; ¿será éste el
Mesías?" Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba
él. Mientras
tanto sus discípulos le insistían: "Maestro, come." Él les dijo: "Yo tengo
por comida un alimento que vosotros no conocéis." Los discípulos
comentaban entre ellos: "¿Le habrá traído alguien de comer?" Jesús les
dice: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a
término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para
la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos,
que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario
y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo
sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y
otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron, y
vosotros recogéis el fruto de sus
sudores." En
aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había
dado la mujer: "Me ha dicho todo lo que he hecho." Así, cuando llegaron a
verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó
allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a
la mujer: "Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos
oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo."
(Juan
4,5-42) |
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