La Reflexión Semanal

El Evangelio del Domingo

 

 

¿Quiénes somos nosotros

para que vinieras a nuestra casa?

¿Cómo agradecerte el detalle de tu visita?

Viniste, Señor Jesús,

y tu gracia envolvió todo nuestro ser.

Tu perdón reblandeció la dureza de nuestras cobardías,

desencantos, excusas y miedos.

Tu llamada nos dio cabida entre los tuyos.

Tus palabras aportaron luz a nuestras oscuridades

y ensancharon de confianza el corazón.

Tu Pan nutrió la esperanza puesta en Ti

y sostuvo el empeño de seguirte.

Tu Promesa cumplida alegró nuestra casa.

Tu encargo ha prendido en nosotros

y nos urge a la tarea cotidiana de ser Iglesia

abierta, fraterna, servidora y solidaria.

Tu encargo nos apremia a abrir puertas

al cercano y al lejano,

al hermano y al que es diferente.

Tú nos invitas a crear espacios de acogida y escucha.

Nos pides que nada humano nos sea ajeno.

Nos llamas a ser signo creíble

de tu estar-con-nosotros,

y de tu amor volcado,

discreta y humildemente a favor de todos.

 

Tú vienes, Señor Jesús, a nuestra casa.

 

 

 

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, [de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: "Todo primogénito varón será consagrado al Señor", y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: "un par de tórtolas o dos pichones."

 

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: "Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel." Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: "Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma."

 

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.]

 

Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

 

(Lucas 2,22-40)

 

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